sábado, 1 de mayo de 2010

El Brighton Pavilion



El Pabellón Real es una construcción, formalmente una residencia real, localizada en Brighton, Inglaterra. Fue construido en el siglo XIX para el entonces príncipe regente. A menudo se ha referido a él como el Pabellón de Brighton. Está basado en el estilo Indio sarraceno cuyo precedente se encuentra en India durante la mayor parte del siglo XIX. Por tanto nos lleva a una época de colonialismo británico del más exótico y subyugante efecto. Es esto lo que explica tan bella visión en un país del norte europeo cuya arquitectura se ha visto ligeramente limitada por un gótico muy enraizado. El artista es John Nash, diseñador de otras grandes obras británicas como la Plaza de Trafalgar (Trafalgar Square), entre otros edificios. De forma parecida a la Alhambra en Granada, nos hace pensar en cierta fusión cultural y hasta nos hace imaginar leyendas. Pero la gran diferencia es que esta obra se trata más de un coqueteo modernista que juega con la etnia en lugar de tener unas raíces históricas. Los españoles deberíamos sentirnos afortunados por haber acogido una floreciente sociedad llena de ostentación y grandeza independientes del inicial reino árabe que supuso su metrópoli.
Los arcos polilobulados, las rectas yeserías que los cubren, hacen pensar en una panal de abeja, como ocurría con los capiteles califales de avispero gracias a la labor de trépano. Incluso, por sus huecos entre línea y línea parecen un enrejado propio de una obra de mimbre, que en este caso está magníficamente curvado, creando el efecto del calor, o siguiendo el esquema del apuntado arco (influencia del gótico, tan relevante en Gran Bretaña).
Las cúpulas, sin embargo, son víctimas de un juego casi sicodélico. La central se alarga en su ecuador, atravesada por un desfile de ventanas que parecen coronar el edificio, cual diadema, y que la destaca aún más del resto de cúpulas bulbosas, más achatadas, que quedan en un nivel inferior. Se trata claramente de un edificio de poder, no ya monárquico, sino imperial que vuelve a llevarnos al contexto de las colonias de oriente medio.
Además podemos ver lo que llamaría en un momento dado 'contracúpulas', ya que parece que una fuerza interior la haya atraído para sí como una aspiradora, creando justo el efecto contrario a las 5 voluptuosas cúpulas de los cuerpos centrales. Se crea así un juego de curvas en todos los sentidos, de ondulado serpenteo, exhuberante, rematado por tantas agujas verticales, de una esbeltez que contrasta con los pesados elementos anteriormente descritos, que terminan evocando, aunque de forma reiterada, a los alminares islámicos sobre los que el imán llama a la devota oración al pueblo. Por si fuera poco, todas las cúpulas están decoradas con unas líneas que remarcan la redondez, pero también parten un poco con la posible monotonía, o bien la recarga aún más. Sencillamente, son cebollas, cebollas blanquísimas sobre las que el sol se derrama, en los pocos días afortunados en que las nubes se apartan para dejar que ésta estrella haga su estelar (nunca mejor dicho) aparición y soliloquio.

El Kremlin, en la Plaza Roja de Moscú, Rusia. Un ejemplo de la influencia oriental en las bulbosas cúpulas bordadas con líneas que las contornean y perfilan. En este caso resalta el color, en lugar del blanco marfil, otra buena forma de combatir el clima frío.

Si el espectador se acerca podrá apreciar unas especies de escamas que decoran toda la superficie sobre la que descansa la enorme cúpula central. Recuerda a unas tejas, unas vibrantes plumas de un ave, la piel de un cocodrilo o el caparazón de una tortuga Carey.
Se organiza en tres niveles, el segundo compuesto por una especie de balcón decorado con pináculos, para recargar más la imagen. Destacando un carácter defensivo que no está muy cohesionado con el resto de la estética, se encuentran las almenas. Cabe destacar sus ventanas, oculares, con nervios formando algo parecido a un copo de nieve simétrico, radial, matemático, cual musivaria musulmana, o cual rosetón francés gótico. A las naves más laterales se les ha dotado de unas alargadas, en vertical, que también tienen diseños nerviosos y florales, pero significando más una simple tulipán, con sus ojas incluídas, que un mandala indio.


Puedes pinchar en esta imagen de gran tamaño para fijarte en los detalles.

Las columnas, sobre las que descansan los citados arcos, formando una extensa galería que recorre la fachada entera, son un derivado de la inspiración clásica, con sus estrías y aristas vivas en los fustes. Son poligonales y por eso reciben la luz de una forma especial. La cornisa en el segundo nivel, sobresaliente, pretende aportar sombra a los balcones, cual porche, protegiendo de las inclemencias del tiempo al afortunado que en un día de lluvia desee asomarse para ver los maravillosos jardines siendo regados. Los numerosos cristales que se esparcen por toda la fachada también crean un juego de luces encantador que, al parecer, se corresponde al esplendor del interior.

Uno de los salones principales, para recepciones, supongo. Como se aprecia, domina un gran colorido, cuadros, lámparas de lágrimas de cristal, cortinas, etc.

Aquí domina, además del contraste de tonos vivos, un estilo geométrico propio de un diseño de arte moderno. Magistral asimilación del gusto islámico y fusión con las vanguardias del momento.


La ironía del establo. La gran cristalera, como un enorme paraguas-tragaluz, ilumina una sala de grotesca función, elevada a la mayor de las elegancias.

La planta está también compuesta por salientes y entrantes, todos curvos, mezclados con algunas formas rectas para resaltarlos más.

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